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El futuro del agua en el territorio
Aunque Pereira y Dosquebradas cuentan con una aparente abundancia de agua, esa condición no garantiza seguridad hídrica. La presión sobre la cuenca del Otún, la intervención de quebradas urbanas y la expansión acelerada de las ciudades revelan una vulnerabilidad estructural más que una escasez inmediata. A partir de experiencias internacionales y latinoamericanas, se plantea que el desafío no es técnico sino territorial y político: decidir si el agua seguirá siendo un recurso secundario o si se convertirá en el eje central del modelo de ciudad y desarrollo regional.
Juan felipe Alzate
1/20/20264 min read


En los últimos años ha circulado una cifra clave que permite entender el futuro inmediato y que merece ser tomada con seriedad: para el año 2050, cerca del 70 % de la población mundial vivirá bajo algún grado de estrés hídrico, según Naciones Unidas. Esto no significa que la mayoría de las personas se quedarán sin agua potable, sino que enfrentarán escenarios de disponibilidad limitada, vulnerabilidad en el suministro o deterioro progresivo de las fuentes.
Pereira y Dosquebradas comparten una condición que suele interpretarse como garantía: una abundancia relativa de agua. La región se abastece de cuencas andinas, bosques de alta montaña y sistemas hídricos estratégicos como la Laguna del Otún, uno de los principales reguladores del río Otún. Sin embargo, esta aparente abundancia no equivale a seguridad hídrica.
El deshielo del Nevado Santa Isabel no implica que Pereira o Dosquebradas vayan a quedarse sin agua en el corto plazo. Los principales caudales de la región no dependen directamente de los glaciares, sino de los páramos, los bosques andinos y los procesos de regulación ecosistémica del territorio. No obstante, el retroceso glaciar cumple una función clave: actúa como un indicador físico del cambio climático y del límite al que se aproxima el sistema. Es una señal temprana de que los equilibrios que sostienen el agua están cambiando más rápido que la capacidad institucional para responder.
Esta advertencia se vuelve más clara al observar la expansión urbana. Pereira y Dosquebradas han crecido de forma acelerada sobre laderas, microcuencas y zonas de recarga hídrica. La presión sobre las quebradas, la impermeabilización del suelo y el aumento de la demanda doméstica e industrial no anuncian una ausencia total de agua, pero sí una mayor fragilidad frente a eventos extremos, fallas de infraestructura o procesos acumulativos de degradación ambiental.
En este contexto, proyectos de intervención sobre cuerpos de agua urbanos, como la quebrada La Cristalina en Dosquebradas, generan preocupaciones legítimas. No se trata de oponerse de manera automática a la infraestructura o al desarrollo urbano, sino de cuestionar modelos que privilegian obras grises sobre soluciones basadas en la naturaleza. Intervenir de forma estructural una quebrada sin una visión ecosistémica integral puede resolver problemas puntuales de corto plazo, pero tiende a aumentar la vulnerabilidad hídrica a mediano y largo plazo.
En otras regiones del mundo, las respuestas al estrés hídrico han seguido rutas diversas y cada vez más innovadoras. En Europa, ciudades como Berlín y Ámsterdam han avanzado en la renaturalización de ríos urbanos y en la recarga artificial de acuíferos para fortalecer sus reservas subterráneas, mientras que países como España han combinado reutilización de aguas residuales tratadas con monitoreo hidrológico en tiempo real para enfrentar sequías prolongadas. En Asia, Singapur se ha consolidado como un referente al integrar captación de aguas lluvias, reutilización avanzada y control estricto de pérdidas en la red como política de seguridad nacional.
En América Latina, los avances más consistentes se han dado donde la seguridad hídrica se entiende como un asunto territorial. En Quito y Bogotá, por ejemplo, los esquemas de pago por servicios ambientales han permitido proteger cuencas abastecedoras mediante acuerdos directos con comunidades rurales; en Costa Rica, la reforestación estratégica y la protección legal de bosques han sido claves para sostener el abastecimiento hídrico; y en México, algunos municipios han iniciado procesos de restauración de ríos urbanos como alternativa a la canalización tradicional. Estas experiencias coinciden en una premisa central: el agua no es solo un problema técnico, sino ecológico, social y político.
Para garantizar la seguridad hídrica de Pereira y Dosquebradas, las soluciones no deberían consistir en copiar modelos externos ni en impulsar megaproyectos costosos. El desafío es más básico y, al mismo tiempo, más decisivo: proteger los bosques que regulan el agua, frenar la ocupación de zonas estratégicas, restaurar ecosistemas, reducir pérdidas en la red y reconocer que el crecimiento urbano tiene límites ecológicos.
¿Debemos preocuparnos por el agua en esta región? Sí, pero no desde el miedo. La preocupación informada no paraliza; orienta. Pereira y Dosquebradas no enfrentan una crisis hídrica inmediata, pero tampoco están blindadas. El estrés hídrico global no anuncia un colapso súbito, sino el fin de una ilusión y es la sentencia de que el agua es infinita y ajena a las decisiones políticas.
La presión sobre la quebrada La Cristalina, la fragilidad de la cuenca del Otún y la expansión urbana acelerada no deben leerse como fenómenos independientes. En conjunto, revelan una misma tensión estructural: la distancia entre un modelo de crecimiento que sigue tratando el agua como un insumo disponible y la necesidad urgente de asumirla como un eje estratégico de planificación. La pregunta que la región debe responder con seriedad es si continuará reaccionando de forma fragmentada o si está dispuesta a situar el agua en el centro de su proyecto de ciudad y de territorio.
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