Egoyá

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Felipe Alzate

8/29/20265 min read

Antes de que existiera Pereira, ya existía Egoyá. La quebrada nace de tres ojos de agua en la hondonada entre la carrera 12 y la Circunvalar, y durante muchos años fue el eje alrededor del cual distintos pueblos decidieron quedarse: los quimbayas eligieron estas tierras por la fertilidad que las cenizas de los volcanes del Ruiz, Santa Isabel, Tolima y Quindío le regalaron al suelo. Cuando Jorge Robledo fundó la vieja Cartago en 1541, se adjudicó una estancia justo en la franja que delimitaban Egoyá y el Otún. Cuando la Corona quiso controlar a los indígenas sobrevivientes, los congregó junto a esta misma quebrada, en 1627. Y cuando 27 esclavizados liderados por Prudencio Itaro se fugaron en 1785, subieron precisamente por el cauce de Egoyá para levantar, así fuera por un tiempo breve, un refugio propio antes de ser recapturados.

Es decir: mucho antes de que fuera un problema de ingeniería, Egoyá fue territorio de disputa, de refugio y de poder. Esa es la parte de la historia que Pereira no suele contarse a sí misma.Cuando los fundadores llegaron en 1863, tuvieron que descender a la profunda brecha de la quebrada y volver a subir para fundar la ciudad. Dos años después, en 1865, los terrenos que Guillermo Pereira Gamba cedió a los colonos tenían a Egoyá como límite norte; poco después, se convirtió en el límite sur oficial del pueblo naciente. Durante décadas la ciudad construida solo llegó hasta la actual carrera 9, y todo lo que había hacia abajo hasta la quebrada fue potrero, pesebrera y corral. El llamado Contadero de Egoyá, en lo que hoy es el Parque Olaya, era el cruce donde confluían el camino del Quindío y el camino del Privilegio: ahí, literalmente, se articulaba el futuro Eje Cafetero.

Con una profundidad de entre 7 y 10 metros hasta 17 en algunos tramos y pendientes de hasta el 80%, Egoyá no era una quebrada amable. Era una brecha que dificultaba lavar ropa, sacar agua o simplemente cruzar de un lado a otro. Y en 1867 la ciudad tomó una decisión que definiría el destino sanitario del cauce por las siguientes seis décadas: instaló el matadero municipal justo al pie de la quebrada, junto al puente de la calle 19. Para 1890 el matadero era la segunda renta más importante del municipio cien reses y cien cerdos sacrificados al mes, pero también había convertido a Egoyá en un foco insoportable de olores, contaminación y gallinazos. La respuesta de las élites de la época no fue reubicar el matadero: fue borrar el problema de la vista.

En la década de 1920, con El Diario de Emilio Correa Uribe abanderando el discurso del progreso y la higiene, la ciudad empezó a exigir la canalización definitiva. Y aquí está el primer dato que toda esta historia debería obligarnos a recordar: Egoyá no se enterró en un solo acto de ingeniería moderna y planificada. Se fue tapando por tramos, durante seis décadas, con la tecnología y las urgencias económicas de cada época. El primer túnel, en 1921, fue para que pasara el ferrocarril. Entre 1930 y 1935, en plena crisis internacional y con escasez de hierro y cemento por la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, se levantó el tramo de las calles 10 a 16 con bóvedas y cajones de ladrillo revocado, sin refuerzo estructural alguno. Le siguieron el tramo de las calles 16 a 22 (1935-1940), el de las calles 22 a 46 (1940-1945), el de las calles 3 a 10 en los años cincuenta a la par de la Circunvalar y, por último, el tramo de las calles 40 a 46, construido apenas en 1981.

Mientras se canalizaba, empezó un proceso paralelo y mucho más silencioso: el relleno y la invasión de la cuenca. Las autoridades permitieron que se llenaran los drenajes y que sobre ellos se construyeran viviendas, escuelas y barrios enteros La Victoria, Primero de Febrero, Venecia, Buenos Aires directamente encima del canal. Eran llenos antrópicos: tierra depositada por manos humanas, sin las especificaciones ni los controles técnicos que hoy exigiría cualquier norma de construcción. Nadie se preguntó entonces qué pasaría si esa tierra, algún día, tuviera que soportar un sismo.

La respuesta llegó en febrero de 1995 y, con más fuerza, en enero de 1999. Los estudios de microzonificación sísmica posteriores clasificaron la cuenca de Egoyá como "Zona 6": suelos que magnifican las ondas sísmicas en lugar de amortiguarlas. Durante el terremoto de 1999, la aceleración del terreno sobre estos rellenos no controlados se multiplicó 3,25 veces frente a un suelo firme. No es una cifra menor: significa que un mismo sismo, en la misma ciudad, golpeó con más del triple de fuerza a quienes vivían o trabajaban sobre el antiguo cauce. La devastación de esa zona en 1999 no fue mala suerte. Fue la factura, con casi setenta años de intereses acumulados, de una serie de decisiones que privilegiaron el crecimiento inmediato sobre la seguridad de largo plazo.

Y el problema nunca fue solo sísmico. Como colector mixto que recoge a la vez aguas residuales y aguas lluvias, sin un diseño hidráulico homogéneo ni la capacidad suficiente, Egoyá colapsaba una y otra vez bajo la presión de los aguaceros entre 1950 y 1980, inundando el centro, Venecia y el barrio Victoria. Sobre esa misma zona de riesgo se terminó construyendo buena parte del centro moderno de Pereira: los almacenes Éxito, el Teatro Santiago Londoño, el Comité de Cafeteros, los centros comerciales Bodega y Victoria. La ciudad económica y la ciudad vulnerable resultaron ser, en el fondo, la misma ciudad.


Las respuestas de ingeniería llegaron, pero llegaron tarde y a cuentagotas, casi siempre después de una tragedia. Tras el terremoto de 1995, en 1997 se demolieron viviendas y se compraron predios en el sector de los repuesteros, sobre la carrera 12, para instalar un canal paralelo entre las calles 23 y 27. Entre 2010 y 2017 se ejecutó una renovación urbana con desviación del colector bajo la carrera 12, entre calles 16 y 22, que culminó hacia 2018-2019 con el reemplazo del tramo más crítico el clasificado en riesgo extremo por un moderno túnel protegido, varios metros bajo tierra. Hoy, los planes contemplan un "alivio inteligente" en el sector de Turín, para separar las aguas contaminadas que irían a la planta de tratamiento de las aguas limpias, que se verterán directamente al Otún, además de tanques de tormenta o "parques de inundación" para absorber los excesos de agua en los aguaceros más fuertes.

Todo esto vuelve a importar después del sismo del 10 de agosto de 2026, que otra vez golpeó con severidad el centro de Pereira. Y aquí hay que ser cuidadosos: que una zona coincida con el antiguo cauce de Egoyá no convierte a la quebrada en la única culpable de cada colapso. Pereira no construyó su vulnerabilidad sísmica por accidente. La construyó decisión tras decisión, durante siglo y medio, cada vez que alguien con poder para decidir prefirió tapar el problema en lugar de resolverlo, el matadero que nadie reubicó, los rellenos que nadie controló, los tramos del colector que se fueron levantando con lo que hubiera a la mano y sin mirar el conjunto.

La pregunta, entonces, no es solo técnica. Es política, y lleva planteándose desde 1867: ¿vamos a seguir tratando a Egoyá como un problema que se tapa, o vamos a asumir, de una vez, que es la cuenca que define para bien y para mal lo que Pereira puede llegar a ser?


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